Después de superar mi tentación de responder de una manera obvia, lo segundo que pensé es qué fue ESO que hizo que me definiera tantos años atrás.
Haciendo memoria caí en la cuenta de que, naturalmente, no fue una sola cosa, ni ocurrió en un único momento.
El recuerdo de mi infancia es el de una niña fascinada con las chicas, que prescindía bastante de los chicos, que en ese entonces tenían un comportamiento bastante fastidioso y atropellado.
Si bien recibí una crianza tradicional y fui una niña muy apegada a las normas, comencé a sospechar a temprana edad que no había una sola manera de hacer las cosas. Imagínense mi escenario hace cuarenta años atrás, en un barrio de clase media o media baja... Mis inquietudes y mis sospechas no encontraban demasiado eco, yo diría que más bien quedaban flotando en mi cabeza, aisladas de toda posibilidad.
Un signo que me indica que estoy evocando correctamente (y que estaba en su momento en lo correcto), es que comencé a fijarme en la gente que no se casaba. Puede parecernos ahora muy ingenuo, pero para mi realidad de entonces, encontrar gente que no lo hiciera era una luz que alumbraba el oscuro designio de un futuro predestinado: casarse (con un hombre) y tener hijos. De manera que mi primera rebeldía consistió en declarar, a los seis años, que nunca me casaría.
Más adelante, en la pubertad, entré en el juego de la seducción y la conquista (de los varones) pero sobre todo de una manera pasiva. Eran ellos los que se acercaban a mí, interesados vaya a saber en qué, quizás en una supuesta madurez, y yo terminaba -en el momento más romántico de los lentos- asesorándolos en qué hacer o qué no respecto a la chica que el día anterior los había dejado... Definitivamente no funcionábamos. Claro, cómo hacer que funcionara si yo estaba pensando en ellas... Hasta me da la sensación de que no iba corriendo a conquistarlas por esa camaradería de no sacarle la novia a un amigo. Me acuerdo especialmente de una que me gustaba y era la ex de Carlos. Se llamaba Gabriela...
Podría seguir evocando momentos de similar tenor hasta llegar a la adultez: la secundaria, la facu... pero me parece que hubo algo que fue para mí definitorio: enamorarme de un compañero de facultad con el que tranquilamente podríamos haber llegado hasta el casamiento. Y haber pensado: no puedo hacerle esto... es demasiado buen pibe para que venga yo y le arruine la vida... Sentía que lo tenía en la palma de la mano, podría haber hecho con él lo que quisiera, pero yo necesitaba justamente lo contrario. Yo necesitaba a alguien que me pusiera límites. Y a mí los límites sólo me los pone una mujer.
Quizás a eso hiciera referencia en un post anterior cuando hablaba de poder. Yo confirmé mi lesbianismo cuando me di cuenta de que el poder se lo había entregado a una mujer. Desde luego no hablo de sometimiento, hablo de entrega.



























