Recientemente se suscitó en este país (Uruguay) la polémica acerca de una foto publicada por la Ministra del Interior en su cuenta de Facebook. En ella, Daisy Tourné aparecía en un 'close up' de su rostro con un gesto de alegría, desagrado o sorpresa (quién sabe), sobre un fondo de azulejos y con agua corriendo por su cara. Realmente no me interesa la política, y mucho menos la de otro país, así que la verdad no sé quién es esta Señora, ni cómo es, ni qué hace, de manera que no pretendo defender con mis palabras otra cosa que no sea la
libertad de expresión en lo que se supone (insisto, no sé de política, menos de la política uruguaya) es una democracia.
Link a la fotoA partir de la publicación de la foto he leído las opiniones vertidas por la gente en diferentes medios. La mayoría, por no decir todas, tienen un fuerte tono de desaprobación. Lo mismo comprobé personalmente en mi entorno más directo. Las más suaves argumentan que
un político no pude tener una cuenta en Facebook. Cuando se les advierte que varios políticos tienen una y escriben en ella periódicamente, entonces retrucan diciendo que la Ministra publicaba recetas de cocina y obras de Federico García Lorca. Como si eso, en un político, estuviera 'mal'. Como si un político sólo tuviera derecho a hablar de política. Como si no pudiera hacer pública una faceta más personal.
Las opiniones más radicales, quizás no tan ingenuas como malintencionadas, alimentan el escarnio en torno a la publicación en Internet de
la foto de Daisy Tourné desnuda. A esos, ha sido la Ministra misma quien se ha encargado de responderles: que no estaba en un baño, y que no estaba desnuda, sino en traje de baño dándose una ducha en el patio trasero de su casa de playa. O algo por el estilo. Bastante creíble teniendo en cuenta que lleva puestos aros, aretes, caravanas o como quieran llamarles y supongo, ha de ser bastante difícil ducharse con ellos.
La interpretación pública de su fotografía me recordó, inevitablemente, a la que publicara yo misma unos días atrás en el post Mi duende mágico, y que suscitara un comentario tan desafortunado y similar, por lo erróneo, a los que originó la toma fotográfica de la Ministra en cuestión: que Vero estaba en el baño (más precisamente en el retrete), que estaba desnuda y además, asustada. Ninguna de esas suposiciones era cierta.
Otra vez, una foto nos muestra que
no todo lo que parece ser, es. O mejor dicho,
no todo es como creemos verlo. Siempre que miramos, deberíamos tratar de ver un poco más allá, de barajar otras posibilidades y no quedarnos con la obvia, la primera que nos viene a la mente. Cuando los niños no saben, fabulan, es decir inventan. Los adultos hacemos (o tendemos a hacer) algo similar pero incluso más peligroso: cuando no sabemos, cuando nos faltan datos para interpretar una foto o un hecho, 'presuponemos', es decir, creemos adivinar cuál es la pieza faltante para completar el cuadro. Traemos nuestros arquetipos a una realidad incierta para poder hacerla más tangible, más cercana, menos 'peligrosa', más reconocible y familiar. Es entonces cuando corremos el riesgo de cometer errores. Los más, intrascendentes, otros en cambio garrafales.
Pero volvamos al tema de si un político debe o no tener una cuenta en Facebook (o plataforma similar) y qué debe o no publicar en ella. Lo que equivaldría a preguntarse: ¿quiénes pueden tener una cuenta en Facebook, o un Blog, o cualquier otro sistema de publicación en Internet? Poder desde luego, podemos todos, pero acaso ¿existen excepciones en que dada la 'investudura' de la persona, no deberían hacerlo? Desde luego descartemos la publicación de datos o información reñida con los intereses de otros, sean éstos los de un particular o los de un país. Hecha la aclaración, ¿cuáles serían las razones por las que un político (o un bombero, o un estudiante de cine, o una arquitecta, un ama de casa, un desocupado, un abogado, un futbolista, una tarotista etc.) no deberían publicar en Facebook? ¿No somos todos, y ante todo, personas? ¿No tenemos todos una faceta humana, tanto o más rica que nuestro costado laboral, profesional o empresarial? ¿Qué visión reduccionista nos enajena y trata de limitarnos a lo que somos cuando nos ponemos un traje, un guardapolvo, un uniforme, o tenemos un martillo en las manos, un cincel, un cortafierro o nos sentamos frente a nuestro escritorio?
Todos tenemos habilidades y defectos, amores, hobbies, pasiones y entretenimientos, gustos y aversiones por determinadas cosas. Ese costado que esta sociedad intenta impedir que se haga público. Al menos para ciertas personas, o personalidades como gustan llamarlas. Como si ellos, en este caso los políticos, (aunque podrían ser médicos, o abogados, artistas o cualquier otra cosa), hubieran traspasado una línea a partir de la cual debieran despojarse de su humanidad para convertirse en otra cosa, tal vez en instrumentos de alguien, quizás en marionetas de ellos mismos.
Hay muchas interpretaciones de la palabra
intimidad. A mí me interesa destacar la que nos entrega la Real Academia, porque remite, justamente, a ese instante al que ninguna fotografía podrá llegar, a ese lugar al que no podrá conducirnos ningún texto, no importa cuántos escribamos de puño y letra.
según el DRAE
intimidad.
2. f. Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia.
íntimo, ma.
(Del lat. intĭmus).
1. adj. Lo más interior o interno.