Vero sale de compras. Yo, entretanto, preparo la comida. El tiempo pasa y me distraigo cocinando... una de las tareas que más me gusta realizar. Sin embargo me doy cuenta de que casi todo está listo y ella no llega. Me preocupo y como siempre, la llamo:
-¿Dónde estás?
-En la esquina de casa -miente-, en un minuto estoy allá.
Mientras atiende la llamada, la empleada de la caja de la galletitería la mira con curiosidad. Cuando corta, Vero levanta la mirada y se encuentra con su rostro inquisitivo, la barbilla ligeramente elevada, el cuello estirado y los ojos bien abiertos. Era obvio que quería saber qué pasaba. Entonces Vero dice en voz alta y como con cierto fastidio:
-Yo lo que tendría que conseguirme es un marido. Porque si tuviera un marido no le importaría dónde estoy, ni se le ocurriría llamarme.
-No, claro, no les interesa nada... -confirma la cajera, en tono cómplice y prosigue con la indagatoria:
-Era tu hermana...
-No- contesta Vero- Era mi mujer.
Por toda respuesta se escuchó del otro lado del mostrador:
-Son quince con cuarenta.
Fin de la curiosidad, de la compra, y de mi espera ;-)








